miércoles 2 de diciembre de 2009

El conservadurismo lingüístico a propósito de las ovejas de Connemara

Contemplo la bucólica estampa de las ovejitas en Connemara. La región que, como ya comenté en otra entrada, es, según los libros, el reducto actual del gaélico, pero donde resulta tan difícil oirlo como el eusquera en Vitoria.

Me alojé en Dubín en un B&B de un matrimonio gandul y tirando a guarro. El marido lamenta que Belfast pertenezca a Gran Bretaña y que ya, en Irlanda, apenas nadie hable "la lengua autóctona". Me cuenta que su hermano se gana la vida de profesor de gaélico. Anda, qué bonito, pienso yo, "¿son de familia gaélicohablante?" Qué va. Anglohablante. El hermano lo ha aprendido. De eso saben mucho en País Vasco y Navarra, dado que el eusquera es la lengua más subvencionada del mundo (dato real). (Es, supongo, un trabajo más cómodo que trabajar en una fábrica el de enseñar gaélico a niños de Dublín que jamás lo usarán o eusquera a los chavales de la Ribera navarra que para nada lo quieren). El hombre gandul de mi B&B era profesor de instituto hasta que abrió el B&B y el resto del mundo nos vamos a ver las ovejitas irlandesas y nos avenimos a que nos púen por ello.

Cómo no asombrarse de que gente que se declara liberal, sin embargo, cuando se trata de las lenguas se muestra de un conservadurismo considerable. Se debe a la idea de que una lengua es algo más que un instrumento de comunicación, a que existe cierta relación sentimental. Es una idea que antes de la época del nacionalismo y las teorías lingüísticas de Humboldt no tenía predicamento alguno. La gente cambiaba de lengua sin mayor perturbación afectivo-sentimental. Es más, lo habitual en el mundo, hasta la entrada en el escenario de políticas basadas en el nacionalismo lingüístico, es que la gente se pasara a la lengua que, pensaban, más beneficios les reportaría o, al menos, que intentaran que lo hicieran sus hijos. Los galleguistas suelen contar, atribulados, cómo los padres que hablaban gallego entre ellos se pasaban al castellano para dirigirse a sus retoños, y reprendían a éstos cuando se deslizaban al gallego.

A poco que uno investiga, aprecia que "no han sido las leyes lingüísticas sino la economía, la liquidación de aduanas y fronteras, la movilidad humana, la revolución industrial, las necesidades de la nueva clase trabajadora, el muy notable desarrollo de las comunicaciones y transportes, así como la participación interregional en proyectos de política y comercio exteriores lo que ha cimentado la comunidad lingüística española" (J. R. Lodares en Lengua y Patria).

Aunque el caso más curioso no es el de los liberales, sino el del bando contrario, la izquierda promarxista. Atendiendo al lema marxista reclamando unidad para el proletariado mundial, los seguidores de Marx estuvieron siempre por fomentar una lengua común. ¡Lenin no quería ni oír hablar de otra lengua que no fuera el ruso! Los marxistas vizcaínos publicaron en su revista La Lucha de Clases que igual era buena idea prohibir en España toda lengua que no fuera el castellano - la dispersión lingüística evitaba que los trabajadores se comunicaran y unieran - . Engels expone ideas similares en el Anti-Dühring.

Actualmente, la izquierda española considera un paradigma del progresismo y multiculturalismo el que un ciudadano de Murcia tenga que aprender una lengua para ejercer unos kilómetros más allá, en un pueblo del sur de Alicante. Es más, que un habitante del pueblo de Alicante tenga que aprender una lengua para ejercer en su pueblo, donde ya nadie conoce la lengua en cuestión.

No soy un conservador de lenguas. No las considero un patrimonio valioso en sí mismo. Un patrimonio cultural son las obras que en ellas se han producido; ellas son instrumentos de comunicación inventadas por los seres humanos para ser utilizadas mientras les resulte útil. Apoyo el intento de crear unidad lingüística en grandes territorios, aunque esto conlleva, claro, que otras lenguas dejan de hablarse. No se debería mover un dedo por "salvar", ni tan siquiera "fomentar", una lengua. Si alguien lo quiere, siempre es libre de fundar una sociedad para ello. Pero a mí que no me pidan dinero. No lo harán, cierto, me lo quitarán vía IRPF. Qué incordio; como las ovejitas de Connemara, que invaden la carretera justo cuando paso yo.

sábado 28 de noviembre de 2009

Los limones, el comunismo y El Señor Catedrático

“El país donde florecen los limoneros”, así conocen los alemanes a Italia. Se trata de una cita extraída de Goethe: Kennst du das Land wo die Zitronen blühen?, “¿conoces el país donde florecen los limoneros?”. ¿Italia? Paparruchas. Aquí florecen mejor. Este año no llega el invierno y yo sacrifico, ay, tiempo de trabajo por paseos, junto al mar o, como hoy, junto al florecer de los limoneros. Valencia y Murcia, en concreto, son das Land wo die Zitronen blühen. Oye, una cosa, ¿allí por qué votan al PP?

Ha sido siempre un problema central para el socialismo el de si éste habría de llegar porque el proletariado se convenciera de la injusticia intrínseca del capitalismo y pasara a la acción o si, en caso de que éste no se diera por enterado, había que darle un empujoncito a la cosa.

La doctrina marxista ortodoxa, en realidad, es de un determinismo radical: el capitalismo, dada la depauperización general que originaría, la bipolarización de la sociedad entre unos pocos ricos y el resto de miserables y las guerras imperialistas salvajes, simplemente colapsaría. De hecho, los socialistas genuinos (Marx incluido, claro) no consideraban su deber, tan siquiera, salir en defensa del proletariado ante sus desgracias, dado que sería la profundización en éstas la que habría de llevarse por delante al capitalismo.

Ahora bien, cuando esto no sucedió, hubo una corriente revisionista – con Jaurès y Bernstein a la cabeza – que pensó que igual había que persuadir al proletariado de que el sistema propuesto por ellos era el ideal, el justo, el bueno. Lenin, en realidad, es otro revisionista: el socialismo llegará al poder, no por el puro colapso del capitalismo, pero tampoco por las urnas, sino por la revolución. Marx, Engels y Kautsky – los ortodoxos – sólo apelaban a lo ineludible del proceso, sin sentir la más mínima tentación de mover un dedo para acelerarlo, convencidos como se hallaban de su inminente llegada. El socialismo, pues, aplicó el laissez-faire al capitalismo y se sentaron a ver cómo se cocía en su propio jugo.

Jaurès, como he mencionado, se percató pronto de que la cosa no iba como Marx había predicho, y concluyó que la democracia debía ser el instrumento mediante el cual se implantara el socialismo. Consideraba a ésta un “instrumento de progreso”, ya que representaba “el mejor método jamás diseñado para el cambio social pacífico”.

¿Pero y si ni por las malas ni por las urnas llega la toma de conciencia de clase? ¿Y si el proletariado se muestra desafecto hacia los partidos comunistas? Pongamos por caso, ¿y si en un territorio les da por votar al PP?

Entonces, existen teorías. Una es la “hipótesis Getafe”. Una variante de ésta es la “hipótesis del Señor Catedrático”. Ésta última resulta más atrayente, dado que añade un elemento: en España, actualmente, existe exilio político murciano. (En las comunidades no gobernadas por el PP, se entiende, o, al menos, no gobernadas al estilo murciano, consista éste en lo que consista). Vamos, que las vecinas Andalucía o Castilla La Mancha hacen de Florida para la Cuba murciana. Así, reza la hipótesis del Señor Catedrático que (1) en determinadas partes de España (Valencia, Murcia y Madrid, p. ej.), gran parte de la población adolece de une escaso nivel cultural, (2) esto les lleva a votar al PP en masa, (3) se genera así una situación de cuasi dictadura y (4) algunos ciudadanos se ven impelidos a emigrar. Esto no lo he leído yo en Jaurès ni en Lenin. (Alguien apunta a un ramalazo de Lukács)

No llega el frío este año, no llega. Así que se prolongan – más de lo que mis ocupaciones toleran – los paseos vespertinos. Y pienso en los murcianos que andarán por frías tierras norteñas y a quienes yo podría invitar, sólo para el sábado, al feliz Mediterráneo. Pero El Señor Catedrático no da nombres. Una pena.

martes 24 de noviembre de 2009

¿No te gusta McDonald's?

Cuando uno ve uno de esos documentales antiyanquis, del tipo de los de Michael Moore o tantos otros, o ciertas películas, se pregunta uno cómo es que tanta gente desea emigrar al país donde existe una desatada brutalidad policial, un racismo abierto, una violencia ubicua y una estupidez abrumadora. Algo no cuadra.

Quiero señalar, a vuelapluma, algunos datos sobre EE.UU.

1) Al contrario de lo que se suele predicar, EE.UU. no se ha sentido nunca cómodo con su papel de gran potencia mundial. Ése es un papel que buscó España, Gran Bretaña, Francia, pero a EE. UU. le cayó encima en los años 20 (como consecuencia de la I Guerra). Y, en parte, ha vivido acomplejada por ello. En una feliz expresión de Niall Ferguson, EE. UU. es un imperio que se niega a aceptar las consecuencias de serlo.

2) La izquierda americana lleva años detrás de McDonald's y Wal-Mart, cuando su único pecado demostrado hasta ahora ha sido una agresiva política de precios bajos. Existen dos películas, incluso, contra McDonald's, Super Size Me y Fast Food Nation. En EE.UU. no se andan con chiquitas en la cuestión de multas por anti-monopolio o anti-trust y, hasta la fecha, nada han podido encontrarle a estas dos empresas.

Por supuesto, una de las principales críticas (junto con la también indemostrada de monopsonio, la de fomentar una la obesidad y la otra el consumismo, la de impacto medioambiental, etc.) es la del "maltrato" a los trabajadores. (V. Corporatewach o ésta, en exclusiva sobre Wal-Mart). Pues bien, tampoco respecto a política salarial o de seguro médico se ha demostrado gran cosa. Es más, leyendo estas críticas, se pregunta uno: ¿cómo han conseguido estas empresas contratar trabajadores en épocas de pleno empleo (y absorbiendo inmigración) con semejante maltrato salarial y asegurador? ¿Cómo consigue sistemáticamente pagar menos que sus competidores allí donde se instala si paga menos y ofrece peor seguro médico?

Los sindicatos dicen que en California, p. ej., los competidores de Wal-Mart pagan unos 12 dólares la hora y ella unos 9. Aun si fuera cierto, callan que, a cambio, Wal-Mart dedicó 1.200 millones de dólares (el 10% de su beneficio en un año después de impuestos) a contribuciones para sus empleados (participación en beneficios, distribución de acciones, acceso a descuentos, posibilidades de promoción, ayudas a la formación, etc.)

Sólo hay un pecado, realmente: ambas empresas se muestran inflexibles respecto a la posibilidad de sindicación de sus empleados. No digo que esté bien - no me lo parece - , digo que es el único pecado confirmado. E insisto: en época de pleno empleo han encontrado trabajadores aún con esta limitación.

3) Pensemos por qué ningún partido socialista ha cuajado nunca en EE.UU. Con Marx y Engels en la mano, el país debería haber caído pronto bajo la dictadura del proletariado. Pero ni ha llegado ni se la espera en los próximos milenios. Hay razones. Los yanquis han visto muchos casos de american dream y saben que la posibilidad existe. Esto es importante: no se trata sólo de que el nivel medio de vida de los estadounidenses fuera bien pronto elevado ("el roast beef y la tarta de manzana acabaron con todas las utopías socialistas" dijo alguien), sino que, según todos los estudios, la movilidad social continúa siendo formidable. Además, los obreros muestran una especie de resignación cristiana ante el statu quo, se respira un acendrado patriotismo y una sentida confianza en la grandeza del país. Los gérmenes emocionales necesarios para la aparición de la conciencia de clase - si existe algo así - , o sea, una desconfianza, envidia y amargura hacia quienes más tienen, no brotan en la sociedad estadounidense.

Existe, también, un factor interesante. EE.UU. es un país hiperdemocratizado, plagado de instituciones electivas y de habituales referenda. Esto fuerza a los partidos a una indefinición ideológica grande, para mejor integrar en su seno las diferentes opiniones. Sobre todo, si se tiene en cuenta que al existir listas electorales abiertas, cada candidato tiene que trabajarse sus votantes, el partido no se los da, más bien viceversa. Así, el bipartidismo norteamericano resulta asfixiante para cualquier candidato a ejercer de tercera parte, pero mucho más abierto ideológicamente que uno a la europea. A ver si resulta, con tanto revisionismo, que McDonald's no es tan malo.

sábado 21 de noviembre de 2009

El debate de hoy: el aborto (y III)

Así, pues, no se puede definir el derecho a la vida como el derecho a que el sujeto reciba de otros lo que precisa para vivir. Pero probemos con esta definición: derecho a la vida significa derecho a que nadie atentará directamente contra mi vida.

En todo caso, debemos hacer la excepción de la defensa propia: mi derecho a la vida implica que nadie debe actuar contra mi vida a menos que yo esté poniendo en riesgo la suya. Aquí hallaríamos una justificación del aborto en casos en los que la vida de la madre corra peligro (cáncer de útero, por ejemplo). Así, en caso de riesgo de la madre, el aborto estaría justificado aun cuando el feto sea considerado ya ser humano, dado que la madre estaría haciendo uso de su legítimo derecho a la defensa propia. (Se aprecia aquí, también, que no es tan sencillo definir quién es inocente; el feto, aquí, no lo sería, ya que pone en peligro la vida de alguien).

En todo caso, sólo poseen derecho a la vida los seres humanos, por lo que el debate sobre el aborto recala siempre en la espinosa cuestión de cuándo el feto es un ser humano. Es decir, ¿qué característica hace que un conjunto de células pase a conformar un ser humano? ¿El desarrollo de ciertas vísceras, del cerebro, del sistema nervioso, de, más o menos, forma humana? El criterio que se elija será, inevitablemente, arbitrario y, sin embargo, estamos obligados a elegir uno.

¿Por qué? Porque la idea de que existe un ser humano desde el momento de la fecundación es palmariamente falsa. Ninguno de los estadios inmediatamente subsiguientes a la fecundación posee ninguna característica genuinamente humana (antropomorfismo, autoconciencia o la que se elija). El concepto de "ser humano en potencia" halla aquí graves deficiencias. Quien posee derecho a la vida son los seres humanos, no un conjunto de células, átomos, pelo o lo que fuere que, pasado un tiempo y en ciertas circunstancias, se convertiría en ser humano. Si concedemos al cigoto derecho a la vida, ¿por qué no permitir que un estudiante de Medicina de tercer curso recete medicamentos, ya que es un médico en potencia?

Los gatos no tienen derecho a la vida. Supongamos que se inventa una inyección que convierte, en un mes, un cerebro de gato en un cerebro humano. ¿Deberían tener todos los gatos derecho a la vida ya que, ahora, son seres humanos en potencia? Creo que no.

Éstas son mis conclusiones. (1) Nos hallamos obligados a elegir un criterio para otrogar humanidad a un ser; el criterio habrá de contar con la opinión de los expertos en el desarrollo embrionario (básicamente, ginecólogos). Tendrá, inevitablemente, una dosis de arbitrariedad, pero debemos atenernos a él. (2) El aborto debe ser libre antes de la fecha marcada por el criterio. (3) El aborto debe ser libre cuando la vida de la madre corra peligro, independientemente del criterio escogido. (4) El aborto debe estar penado tras la fecha marcada por el criterio; incluidos casos de violación o de supuesto "peligro psicológico" de la madre.

Falta una cuestión aquí: ¿qué hacer en los casos de malformación grave del feto? Otra, que nunca oigo, es: ¿por qué tiene la madre toda la capacidad decisoria respecto a abortar o no pero si no lo hace puede reclamar manutención al padre, cuando él no tiene derecho a participar en la decisión? Pero no les voy yo a resolver todas las dudas. Acabo aquí mis incursiones cibernéticas por los terrenos de la bioética. Por ahora.

jueves 19 de noviembre de 2009

El debate de hoy: el aborto (II)

No hay malas razones contra mi idea de que sería moralmente reprobable desconectarse del violinsta en el caso que mencionaba en la anterior entrada; y mucho menos de que sería legítima una ley que obligara a los individuos a permanecer conectados.

Decía yo que el hecho de ubicar el derecho a la disposición del propio cuerpo por encima del derecho a la vida debería acompañarse de un análisis concienzudo de ambos derechos. Se ha intentado (y me ponen contra las cuerdas). La idea es esta: el que X tenga derecho a la vida no debe suponer que X tiene derecho a que se le facilite todo aquello que necesita para vivir. (Nótese también la repercusión de esta idea para la Filosofía Política; en especial para el llamado Estado de Bienestar).

Por ejemplo, imagínese que enferma usted de "la enfermedad del beso de Scarlett Johansson". Usted morirá a menos que Scarlett Johansson venga y lo bese a usted en la boca. ¿Es moralmente reprobable que Scarlett no se avenga a semejante acción? ¿Sería legítimo que la ley obligara a Scarlett Johansson a ello?

Quienes defendemos que existe una obligación del sujeto a permancer conectado al violinista estamos defendiendo que existe el derecho del violinista a permanecer conectado, y esto implica, en buena lógica, defender que la ley debería obligar a S. J. a venir a besar a todo enfermo de dicho mal. Resulta problemático.

(V. Op. cit., es decir, Debate sobre el Aborto, J. Jarvis et al.)

miércoles 18 de noviembre de 2009

El debate de hoy: el aborto

Judith Jarvis Thomson («Una defensa del aborto») platea:

«Usted se despierta una mañana y se encuentra en la cama con un violinista inconsciente. Se le ha descubierto una enfermedad renal mortal, y la Sociedad de Amantes de la Música ha consultado todos los registros médicos y ha descubierto que sólo usted tiene el grupo sanguíneo adecuado para ayudarle. Por consiguiente le han secuestrado, y por la noche han conectado el sistema circulatorio del violinista al suyo, para que los riñones de usted puedan purificar la sangre del violinista además de la suya propia, y el director del hospital le dice ahora a usted: «Mire, sentimos mucho que la Sociedad de Amantes de la Música le haya hecho esto, nosotros nunca lo hubiéramos permitido de haberlo sabido. Pero, en fin, lo han hecho, y el violinista está ahora conectado a usted. Desconectarlo significaría matarlo. De todos modos, no se preocupe, sólo es para nueve meses. Para entonces se habrá recuperado de su enfermedad, y podrá ser desconectado de usted sin ningún peligro.» ¿Le incumbe a usted moralmente acceder a esta situación?»

Respuestas:

(a) No estoy moralmente obligado a mantenerme enchufado durante 9 meses al violinista porque yo tengo derecho a disponer de mi propio cuerpo.

(b) No estoy moralmente obligado a mantenerme enchufado durante 9 meses al violinista porque yo no elegí enchufármelo.

(c) Una vez que el violinista ha sido enchufado, estoy moralmente obligado a mantenerme así los 9 meses siguientes; en caso contrario, comentería un crimen.

Consideraciones:

La respuesta (a) me parece incorrecta, dado que no creo que el derecho a disponer del propio cuerpo pueda prevalecer sobre el derecho a la vida de otra persona. Debería acompañarse, en todo caso, una definición escrupulosa del derecho a disponer del propio cuerpo y del derecho a la vida.

La respuesta (b) me parece incorrecta, dado que no creo que la manera en la que el violinista ha llegado a estar enchufado a mis riñones constituya un dato relevante para decidir si desenchufarlo constituye un crimen o no.

Al contrario de lo que pensé durante mucho tiempo, actualmente me decanto por (c).

Ahora bien:

El símil con el embarazo y el aborto es, claro, imperfecto. Dado que el violinista fue enchufado sin mi consentimiento, sólo ejemplificaría un aborto por razón de violación o de fallo de anticonceptivos.

Para ejemplificar el fallo de los anticonceptivos se me ocurre alargar la historia: a sabiendas de que la Asociación de Amigos de la Música andaba detrás de mí con esas intenciones, tomé todas las precauciones razonables para evitarlo, sólo que fallaron. Yo a esto diría que todos somos conscientes de que cualquier método anticonceptivo puede fallar alguna vez. No sería un argumento válido, pues, el que dado que mi embarazo sucedió a pesar de mis esfuerzos en contra, el aborto no es moralmente reprobable.

Sobre la justificación del aborto por violación, repito mi rechazo a la respuesta (b): ¿el derecho a la vida de un feto depende de la manera en la que llegó al útero? ¿Qué aspecto moralmente relevante puede suponer la manera en la que se produjo la cópula?

Eso sí, como se aprecia, el símil del violinista parte de una persona adulta y, por tanto, de un sujeto con derecho a la vida. Soslaya, así, a mi modo de ver, el aspecto fundamental del problema, el de cuándo el feto comienza a ser humano y, por tanto, a tener derecho a la vida. Con todo, es interesante en cuanto dilema ético en sí y, además, en cuanto que sí representa importantes aspectos del aborto en caso de violación o fallo de anticonceptivos. Aparte de que muchos de estos abortos se producen en meses avanzados de la gestación. (En España, el plazo legal para el caso de violación es de 12 semanas y de 22 para el de malformación fetal; no hay limitación temporal, sin embargo, para el de grave riesgo de enfermedad física o psíquica del feto. Con todo, esta ley quedará en breve anticuada).

Si se me regala un nuevo atardecer como el de hoy, prometo nuevas reflexiones.

martes 17 de noviembre de 2009

Albert Esplugas y yo sobre la desregulación

Disfrutamos aún, por aquí al menos, de la penúltima prórroga del verano. Decía Goethe que no había nada tan agradable como un paseo al atardecer tras un día bien aprovechado. Sigo la máxima cada vez que puedo; muevo las piernas con cierto frenesí, con la esperanza de que ayuden a poner orden en mis ideas. Me siento, meditabundo, bajo un crepúsculo soberbio, y a Ana le sale la foto que ven. Se comenta sola.

Esta tarde deglutiré el mentís que Albert Esplugas me ha dirigido, acerca de las ideas sobre desregular la enseñanza que desarrollé en una entrada hace no demasiado. Se trata, como siempre en Albert, de un mentís certero. A mí mismo, de hecho, me quedó un sabor extraño tras exponer dichas ideas, ya que soy un defensor de la concepción popperiana de la política - e incluso de la moral - como una obra de experimentación, de ensayo y error. Como en ciencia, sin dogmas, sin tesis apriorísticamente establecidas.

Gracias, Albert, más grano para el molino de este atardecer que, ups, ya casi está aquí.